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27 de marzo de 2011

POR QUÉ NO CHARLAMOS UN RATITO, AH?

BALCÓN DE LOS CAPULETO EN VERONA
Un poquito a las corridas y otro poquitito a los saltos. La vida sucede a la velocidad del rayo. Niños pequeños que demandan tiempo, ganas, energía y billetera inagotables. El trabajo que siempre es mucho y más vale que así sea, sabemos que cuando falta es un problema.

- ¿Cuándo vamos a charlar un rato vos y yo...?– me pregunta.

- Qué lindo, un ratito para los dos... quiero. – le contesto.
Hablar un poco. De nosotros. O de nada concreto. Ni de los arreglos que necesita la casa, ni del cambio de pediatra, ni de las compras del super ni del vencimiento de la tarjeta. Solamente hablar de nosotros dos, contarnos cómo estamos, qué queremos... y reírnos o llorar, depende del caso.
Suena el celular y su atención se desvía hacia quien llama: escucha, responde, sugiere una reunión, le pone fecha y hora. Promete confirmación por mail..
Otra batalla más en la que lo importante (nuestro sacrosanto diálogo conyugal) cede frente al poderío de lo urgente (el resto del mundo).

Y aunque sé que no es precisamente original, no puedo menos que pensar -y escribir aquí, con el permiso de ustedes- en lo difícil que es comunicarse en la era de la comunicación.

Mientras descuelgo la ropa de la soga me viene a la memoria aquello que decía Barthes sobre la soledad del discurso amoroso. ¿O era Foucault? Hago a un costado la pila de toallas y toallones dobladitos y googleo: discurso amoroso, fragmentos. Era Barthes, nomás.
En ese libro Barthés analiza textos clásicos del amor romántico y señala que una característica fundante del discurso amoroso es la individualidad: el amante habla de su amado y para su amado, aunque lo haga más consigo mismo que con su amado. Es más lo que la pobre Julieta habla de su amor a solas con su alma, que lo que comparte efectivamente con Romeo.

Son la cuatro de la tarde. Mi amado parte hacia la oficina. Se despide con un beso y la promesa de hacer cierta esa charla con la que ya me ilusioné... ¿me mandará un mail para confimar?


Amar es un verbo y eso tiene consecuencias. En principio, implica que se trata de una acción; amar es algo que se hace, no sólo algo que se siente. Verbo que se verbaliza, cuando estamos enamorados todas las palabras importan: las que decimos, las que callamos, las que nos dicen y las que quisiéramos oír. Y ni hablar del valor que adquieren las palabras cuando amante y amado logran, por fin, ser uno solo y se aventuran por los pasillos de la convivencia, la formación de una familia y los proyectos en común... ¿Será ese el momento en que las palabras lindas y melosas han de transformarse en diálogo? ¿Puede el amor resistir al diálogo? ¿Y sin diálogo?

Hago un alto en la reflexión teórica y repaso mentalmente lo que queda de mi tarde. Todavía tengo que forrar con contact los libros de inglés de mi niña, terminar de guardar la ropa, hacer alguna compra al retirar al gordito del jardín, ordenar un poco, preparar la cena y acostarlos. Si se duermen temprano a lo mejor podemos tomarnos un cafecito los dos solos...
Resulta difícil imaginar a una pareja shekespereana acostando a los chicos después de cenar y propiciando una charla en la intimidad. Y sin embargo esa charla entra en el futuro deseable de cualquier pareja de enamorados, incluidos los mismísimos Romeo y Julieta, si hubieran sobrevivido a tantos desencuentros.

Pero, a diferencia de la chica de Verona, yo vivo en la era de la comunicación. Llamo a mi suegra para ver si se puede encargar de los chicos una de estas noches y chequeo en la página del cine si sigue vigente la promoción de los jueves, cine más cena.
Por un minuto dudo, una salida así en la semana es un lío. Hay que desplazarse por media ciudad para llevar los chicos e irlos a buscar, al otro día hay que levantarse temprano. No importa, sigo adelante y hago la reserva. Subvertir algunas rutinas es la única manera que se me ocurre de que lo importante le gane a lo urgente.
Cuando me piden el número de la tarjeta de crédito tomo conciencia de que todavía no le consulté nada a mi amado, ¡será la individualidad de la que hablaba Barthes!
Y bueno, que sea una sorpresa. Que se entere cuando lea esto en el blog.

20 de junio de 2009

MATERNIDAD, DIVINO TESORO



Todo nos llevaría a pensar que la maternidad es un asunto serio. Yo misma estaría en condiciones de asegurarlo si no fuera porque por momentos me parece que la maternidad se me ríe en la cara. O mejor dicho: se me burla abiertamente.
No quiero ser malinterpretada. De todos los dones maravillosos con los que Dios me ha regalado en la vida, mis hijos son el más maravilloso. Ser mamá es una bendición y la crianza de mis niños, una fuente de plenitud y realización personal.
Sólo que a veces, de tan maravillosa, la experiencia apabulla y la vida cotiadiana se torna… ¿cómo decirlo? Surrealista.
Y no me digan que no les pasa porque no les creo.

La que soy, aquella que (no) fui.

Detrás de las dulces caritas de mis chichipíos me parece ver a veces la de esa persona que alguna vez, allá por la adolescencia, creí que podría llegar a ser: profesional brillante de aspecto impecable, arregladísima pero sin exagerar, no es cuestión de caer en la trampa del exceso de look. Una chica informada, crítica, políticamente comprometida, católica militante, lectora infatigable, atenta a las últimas novedades, siempre dispuesta a ser parte de la causa social del día y el evento cultural de la noche…

Hay que decirlo: de pequeña yo solía ser bastante fantasiosa. Y un poco ilusa.

Hoy por hoy mis días se organizan alrededor de dos pares de ojos verdes (unos definitivamente verdes, los otros matizados de gris y con un toque de miel) que me miran con anhelo expectante siempre a la espera de más y desde su escasa altura de pigmeos me obligan a pasar agachada gran parte de mi tiempo.
La columna bien, gracias.

Así, yo, que en las épocas de estudiante buscaba escandalizar a mi profesora de periodismo eligiendo como tema de investigación la construcción de un baño público en la plaza San Martín (y otros igualmente al borde del absurdo escatológico) hoy clamo a la providencia me libere de todo lo relativo a pis, caca, mocos y esas delicias que constituyen el pan mío de cada día. Es que ¡nos costó horrores dejar los pañales!


Pero esa no es la única contradicción a la que me empujó la maternidad. Mi espíritu ambientalista, acérrimo defensor de la causa ecológica se doblega ante la presencia de piojos, especie a la que sólo puedo desearle la extinción pronta, absoluta y, en lo posible, sangrienta. Lo más terrible es que no me quedo en la intención: llevo años adquiriendo todo champú, loción o brebaje que me prometa la exterminación definitiva de piojos y liendres (y ni siquiera me detiene el hecho de que las liendres… ¡son bebés!)

La maternidad modificó sin piedad mis consumos culturales: de Kieslovsky a Pixar, el viaje de ida no tuvo escalas. Dejé de ser la lectora infatigable para convertirme en una lectora fatigada de leer una y mil veces el mismo cuento (recuerdo, no sin espanto, uno acerca de una pata que quería ser bailarina). La sobreviviente que llevo adentro me llevó a investigar en el mundo de la literatura infantil. Así, al menos, aprendí a filtrar y de a poco fui seleccionando libros que no me diera fiaca leer. Debo decir que con el tiempo encontré historias muy divertidas y algunos autores que valió la pena leer, aunque haga rato que cumplí los ocho años.

Inmersa en el ajetreo propio de mi vida de mamá de niños pequeños, veo desdibujarse también mi posibilidad de participación en la cosa pública. Mientras hago malabares para cumplir con los horarios de entrada y salida del colegio, los actos, las entregas de boletines, las reuniones de padres del jardín, los cumpleaños… apenas si me parezco al zoon politikón de Aristóteles.

La inminencia de las elecciones no hace más que acrecentar mi angustia en este sentido y no sólo por la ausencia de candidatos fiables. Por estos días una multitud de folletos de cuanta agrupación partidaria existe puebla mi vereda y mi buzón. De rostro inexpugnable, señoras candidatas apenas unos años mayores que yo posan para la foto, bien vestidas y sabiamente maquilladas (algunas hasta con signos de reciente refrescada). Las veo así, tan serenas y sonrientes y no puedo dejar de preguntarme: ¿tienen chicos?, si es así, ¿cómo hacen? Y sobre todo, ¿cómo piensan hacer si resultan elegidas?

Mientras intento dilucidar estas cuestiones reflexionando sobre las aristas menos exploradas del cupo femenino, vuelvo a lo mío, acomodo prolijamente las boletas que nunca introduciré en la urna y las apilo para confeccionar un hermoso bloc borrador, ideal para que dibujen mis bebés.

Gracias a Dios, en casa, hay fiesta para rato.

16 de febrero de 2009

HISTORIAS DE AMOR

Cada 14 de febrero un batallón de enamorados del mundo entero homenajean al objeto de sus deseos con obsequios, halagos o salidas, para celebrar lo que hace años se conoce como “Día de San Valentín”.
Pero la procedencia de este festejo es tan dudoso como pueden serlo a veces las cuestiones del corazón.
En las listas de mártires cristianos figuran al menos tres santos de nombre Valentín y no hay certezas sobre la existencia de ninguno de ellos. El hecho de tener un día para celebrar al amor y a sus protagonistas podría tener un antecedente en la Antigua Roma y sus fiestas Lupercales, rituales paganos en honor al Fauno Luperco (Lupus significa “lobo”) que protegía a los pastores y que también se asociaba con la fertilidad. Así que hacia finales del siglo V D.c. el Papa Gelasio I resumió las leyendas que circulaban sobre San Valentín y se apropió de la tradición de las lupercales instaurando el 14 de Febrero como Día de San Valentín. Siglos después, en el año 1969, fue la misma iglesia la que dejó de celebrar esa efeméride por no tener datos positivos sobre el santo en cuestión.
De cualquier manera es hecho probado que la gente vive enamorada y que el amor es uno de los grandes motores que hacen mover al mundo. No deja de ser alentador que se dedique al menos un día al año a celebrar el sentimiento.
Toda historia puede encerrar una historia de amor. Puede ser un gran amor, un amor muy pequeño y fugaz o un amor que nunca pudo ser. Para festejar también nosotros al amor en su día acá les dejamos dos simples historias de amor.
MDS

UN GUARDAPOLVO Y UN AMOR

Era un lunes lluvioso y frío. Como todas las mañanas, salía de mi casa rumbo a la escuela, caminando al lado de mi hermano. A menos de dos cuadras, nos encontrábamos con otra pareja de hermanos, mujer y varón, que se unían en nuestro peregrinar lento hasta el colegio. Los cuatro éramos moderadamente amigos; yo más compañera de los chicos, con los que jugaba al fútbol en la cancha del baldío vecino. Igual la caminata matinal se hacía amena y las diez cuadras se pasaban como un suspiro.
Pero esa mañana las cosas no serían como siempre. Las calles de Alto Verde ya por ese entonces quedaban anegadas con una modesta lluvia, ni hablar de lo inundadas que podían llegar a estar si se desataba un temporal. Era casi tradición sacarse las zapatillas para cruzar La Hierra, con los pantalones subidos hasta las rodillas. Pero esa mañana, insisto, la lluvia era raramente benévola y nos permitía ir sorteando charcos con sólo estirarnos un poco y saltar otro tanto. Llegados a La Posta, nos topamos con un enorme charco, esta vez de barro. Mi hermano, siempre ágil, cruzó sin inmutarse y desde la vereda de la clásica farmacia del barrio me arengaba a saltar pronta a su encuentro. Yo estaba midiendo la extensión de mis piernas para realizar con éxito la pirueta cuando me sentí elevada por el aire, por una fuerza que me levantaba por detrás, cual novio que ingresa a su recién esposa por el umbral del flamante nido de amor. Mi improvisado príncipe (a quien no voy a mencionar porque estimo sigue viviendo en la zona) me había levantado en sus brazos, para hacerme sortear ese obstáculo que para mí parecía imposible. Lo que él seguro no calculó fue que el peso de una casi desarrollada niña de nueve años sería demasiado para las fuerzas de un esmirriado varón de once, y tras intentar dar el inicio del salto triunfal me resbalé de sus brazos para quedar sentada de cola en el medio del barro. Mi guardapolvos blanco parecía el cuero de un dálmata, mi orgullo había quedado enterrado bajo la última gota del charco y mi hermano lanzaba carcajadas tipo Cruella Deville al escuchar a mi frustrado salvador decirle “Pegame, porque la tiré a tu hermana al barro”.
Esta es la primera historia de amor de mi vida, la historia de un amor que no fue, tal vez la parábola de los tropiezos que se siguieron sucediendo sin descanso hasta que, muchos años más tarde, llegó mi verdadero príncipe, el que comparte ahora mis días y mis noches, el padre de mis hijas, el mismo que entre amigos disfruta rematar nuestras anécdotas diciendo entre risas “Yo a vos te saqué del barro”.
Mariana de los Santos

UN AMOR DE VERANO, TODA LA VIDA


Cuando era chica pensaba que mi gran amor vivía en algún rincón de Córdoba, ahí nomás, en mi barrio, muy cerca de mi casa. Incluso me animaba a fantasear que nuestros destinos se cruzarían en la Avenida Núñez algún domingo por la tarde, yo divina, él hermoso y viviríamos juntos, felices por siempre jamás.
Lo cierto es que ni pensé en esto cuando un día de finales de enero mi papá nos propuso ir de vacaciones a Mar del Plata, todos juntos, en familión, con poca plata, claro está. Yo tenía dieciocho años y nunca antes mis vacaciones habían transcurrido tan lejos y hasta ese momento no había visto más oleaje que el del río Suquía en sus crecidas.
El plan-aventura fue aceptado por unanimidad y hacia Mar del Plata partimos. Éramos un grupo nutrido y complejo, una de esas familias que los psicólogos de hoy en día no dudan en tildar como “disfuncionales”.Pero simpáticos.
Pasadas las primeras emociones, el encuentro con el mar y los lógicos problemas de convivencia llegó la posibilidad de adentrarme en el espacio de la noche marplatense.
Era febrero, era domingo (un detalle intrascendente, apenas anecdótico porque ya se sabe que en vacaciones todos los días son sábados o domingos) y yo movía mi anatomía en un bailable de la costa. Mil veces, hasta creérmelo, había escuchado y repetido aquello de que “al amor de tu vida no lo vas a conocer en un boliche”. Primer mito derribado: ahí estaba él, con unos ojos verdes increíbles, invitándome a bailar.
Los días siguientes fueron como extractados de una película de Disney, de esas en las que al final el príncipe besa a la princesa. Qué tema: el primer beso. Y yo que no quería que ese fuera el final sino todo lo contrario.
Todavía no estaba de moda festejar el día de los enamorados pero a una romántica de lecturas ligeras como yo jamás se me podía escapar ese detalle. Y, por supuesto, hice todo lo posible para estirar el tiempo, para que el primer beso llegara en pleno San Valentín.
Y llegó, nomás, como llegan las cosas buenas. Y al primero le siguieron otros, matizados con miles de palabras, miradas, caricias y el marco de un verano increíble. Así de sencillo fue que me enamoré locamente ¡¡¡de un príncipe extranjero!!!
La vuelta a Córdoba no fue fácil porque todos sabemos de memoria que los romances a la distancia no funcionan. Segundo mito derribado: a siete años de cartas, breves visitas breves, encuentros idílicos y millones de pesos invertidos en facturas telefónicas finalmente los coronamos como Dios manda, yo de blanco, él de riguroso smoking en una iglesia en Córdoba, muy cerca de mi casa materna, eso sí.

De todo eso ya pasó mucho tiempo…Y acá estamos, muy felices los dos junto a nuestros niños disfrutando el verano en nuestra casa a pocas cuadras del mar mientras nos preparamos para celebrar otro aniversario del primer beso.

(A veces, sólo a veces, me inundan unas ganas como de Suquía. Especialmente en época de crecidas.)


AGRADECIMIENTO ESPECIAL A MARIANA DE LOS SANTOS.
PUBLICADO EN REVISTA IMPRONTA, CÓRDOBA, FEBRERO DE 2008.

24 de enero de 2009

EN BUSCA DEL SOL (O CAPEAR LA CRISIS)

Comenzó el 2009 y como quien no quiere la cosa ya casi se termina enero. A todas luces éste se presenta como un año movidito, cargado de (no tan buenos) augurios. El discurso imperante es el anuncio de una crisis más crítica que no sé qué. Pero para los que nacimos bajo el signo de la argentinidad el tema no es nuevo: de la hiperinflacionaria a la energética pasando por la de credibilidad de las instituciones y (claro está) la del campo no hay crisis que no hayamos tenido el gusto de conocer.
Como se dice en la calle, es lo que hay y parece que es lo
único
que hay. Así que nos queda optar entre administrar miserias y eternizarnos en el lamento o ponernos las pilas.
Los invito a contarme como empezaron ustedes el año, qué opinan de la crisis y qué planean hacer con el 2009.
Este verano en La Feliz se viene reflexivo.

Hace poco más de un año nuestra vida familiar cambió de manera drástica al mudarnos de un departamento céntrico a una amplia casa en la zona de La Perla, uno de los barrios más tradicionales de Mar del Plata.
No fue una decisión simple y significó varios meses de deliberación, de sopesar razones a favor y en contra. Si bien toda mi vida había vivido en una gran casa, con galerías y jardín y en el departamento apenas unos años, yo era la que aportaba casi la totalidad de las objeciones: mucho trabajo, alejarnos del centro, la inseguridad...
Finalmente, como suele suceder, la vida se impuso con toda su fuerza y tuve que hacerme cargo del hecho de que ahí mismo, frente a mis ojos y sin pedir permiso, nos habíamos convertido en una familia tipo, con dos hijos en plena etapa de expansión y el departamento de 90 metros nos quedaba chico.
Ya se sabe que el primer paso para crecer es asumirse grande.

A seguro se lo llevaron preso



La cuestión de la seguridad en la Argentina es, quizás uno de los tópicos en los que se han invertido la mayor cantidad de minutos televisivos, centímetros columna de diarios, revistas, blogs y páginas varias, además de ser el objeto de las promesas de políticos y aspirantes a puestos públicos y el tema recurrente en las colas de espera de bancos y supermercados.
Además trabajo en el área de los seguros y quizás por eso también sienta que se trata de un cuestión omnipresente.


Sin embargo todavía no se ha dado un debate serio que agote el tema sin miedo a la verdad. Quizás cuando esto suceda podamos entender que la inseguridad es un síntoma que denuncia carencias enormes y fallas muy graves ahí donde más nos cuesta: abandonar el egoísmo, erradicar la injusticia, cuestionarnos nuestra propia capacidad de dar y respetar los espacios del otro, revalorizar la honradez y la modestia y la necesidad profunda y urgente de ejercitar la solidaridad a diario, más allá de los tiempos de catástrofe.

Apenas unos días después de cumplir nuestro primer año como habitantes de la casa tuvimos nuestro primer traspié con la inseguridad. Gracias a Dios fue de la manera más inocua, sin malos momentos ni consecuencias dolorosas. Apenas alguien que entró en plena madrugada y sólo se llevó mi teléfono y la computadora (portátil) y con ella una nota sobre el fin de año escolar, las fiestas de los chicos y la inminencia de ese tiempo fascinante y exigente que son las vacaciones. Nota que iba a ser la tercera entrega de esta columna virtual que tengo el gusto de compartir con ustedes.

Los albores de un año nuevo

Después vinieron días de fiestas, reuniones, viajes, apurones y locura findeañesca y sentarse a reconstruir lo perdido se perfilaba casi como un imposible. Tomé entonces el tema del robo como un mensaje de los cielos y opté por esperar mejores aires para volver a escribir.

Con el avance de los días la cuestión se fue complicando. Abrir un diario o sentarse frente al televisor significaba toparse con algunas de las más terribles realidades de nuestra condición humana: la crueldad, la guerra, ese monstruo grande pisando la inocencia de tanta gente, la sinrazón de los que gobiernan, los golpes de quienes, sintiéndose excluidos de un sistema que no los deja ser felices, creen que sólo pueden reparar su dolor atacando a otro, la naturaleza y sus pases de factura después de décadas de agravios.

En Oriente medio, en Europa, en Estados Unidos, en nuestro país, en la ciudad, en el campo. La palabra más repetida en esta transición del 2008 al 2009 fue no felicidades sino, sin dudarlo, crisis.
Un panorama difícil y a la vez inobviable que enturbiaba mi propia pequeña felicidad de familia reunida, de todos juntitos y sanitos o peleándola, de mientras haya trabajo, de chicos contentos y mimosos, de bicicleta nueva regalo del padrino, de dormir con la abuela, de tardes de pileta aprendiendo a tirarse bomba y varios kilos de helado de dulce de leche.

Años me llevó entender que la vida es esa mixtura entre lo público y lo privado, que somos nosotros y nuestra circunstancia, como dijo el filósofo y que eso significa aprender a transformar nuestro entorno partiendo desde nosotros mismos pero sin renunciar a la ambición permanente de hacer mucho por la felicidad de muchos. Que en realidad muchas veces es todo lo que se pueda pero nunca puede ser nada.

......

Este tiempo que nos tocó no es mejor ni peor que otros o quizás si. Lo importante es que es nuestro tiempo y sólo en nuestras manos está cambiarlo, transformarlo, hacerlo brillar. Para nosotros y para todos. Porque no hay salvación individual.
Estamos urgidos a vivir una esperanza fecunda, comprometida con el cambio posible aún en condiciones adversas. Abrazar el nuevo año como lo que es: una nueva oportunidad.
Convencida de eso fue que decidí sumarme a la propuesta que alguien me hizo llegar y me planteé con seriedad y sin excusas vivir el 2009 como el año más importante de mi vida. En lo personal me sobran los motivos.

Claro que sé de las dificultades y no dejo de ver que querer ser intensa y plenamente feliz en un panorama tan adverso puede parecer una locura.

Como de costumbre la naturaleza viene al rescate y me regala sus lecciones de vida. Esta vez de la mano del agapanto en maceta que traje del departamento con la intención de transplantar pero quedó nomás allí, decorando una pequeña galería.
Insensible a sus necesidades de luz lo dejé bajo techo, porque me pareció que quedaba bien. Y este año, cuando llegó el tiempo de la floración, mi agapanto se topó con un panorama bastante hostil: sequía intensa, suelo pobre y poca luz. Entonces inclinó su vara más allá del alero buscando el sol. Y floreció, glorioso. Una muestra de que cuando hay conciencia de misión se encuentra fuerza para vencer los obstáculos.

Así que, amigos queridos, me veo en la necesidad de invitarlos a hacer el esfuerzo y florecer también nosotros, a pesar de la crisis.

Un último comentario: agapanto quiere decir flor de amor.

10 de diciembre de 2008

EL HERMOSO HÁBITO DE COMER PERDICES

Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da.
Anoche cuando dormía
soñé,
¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi
corazón.
Antonio Machado


Esta semana estuvo signada por un acontecimiento feliz: el casamiento de Vero y Guille. Vero es abogada y desde hace un par de años trabaja en el estudio de Eduardo. Guille es chef profesional. Tienen veintisiete años, once de noviazgo y, cosa rara para la época, decidieron casarse.

Yo, aunque simple invitada, lloré a mares en la ceremonia del civil y, ya un poco más controlada, me emocioné muchísimo en la iglesia. Será que los chicos me caen muy bien, será que ando sensibilizada por la cercanía de mi propio aniversario de casamiento o por el futuro enlace de mi hermano Feyus y su novia Cecilia, o será nomás porque pocas cosas hay tan lindas y emotivas como los casamientos.

A mí me fascinan desde que tengo memoria. De hecho entre los dos y los cuatro años eran mi tema pictórico preferido. Me la pasaba dibujando novias de polleras enormes y tortas como torres de cubos. Creo que no hubo casamentera en la familia o entre las amigas de mi mamá que no contara con un modelito by Sole, siempre con muchos adornos, puntillas y volados. Como corresponde a diseñadora de cuatro años.

Hoy prefiero otros estilos pero mantengo intacta mi pasión por las bodas. Es que son divertidas y abundan de detalles simpáticos: hay tanto para mirar, tanto para disfrutar, tanta posibilidad de goce estético...

Quizás por eso mismo también sean tan “frivolizables”. Y quizás por eso es que con los años los pormenores fueron ganando un protagonismo desproporcionado en detrimento de la cuestión central: la de la libre decisión de un hombre y una mujer que eligen dejar de ser dos para convertirse en una sola carne hasta el final de sus días.

Bodas no son matrimonios, eso está claro. Y mientras las primeras rankean alto en el índice de popularidad, el matrimonio pierde adeptos día a día.

Es que el casamiento es una fiesta y el matrimonio, en cambio, es una vocación.


Lo dijo el otro día la jueza que casó a los chicos y me pareció una idea clave. Porque la vocación se conecta con las ganas y con el disfrute: es ese llamado a elegir uno de los miles de caminos posibles con la intuición (no siempre es certeza o seguridad, a veces es, apenas una íntima convicción) de que ese y sólo ese camino es el que el que se quiere recorrer.

Quiero esto para mi vida porque me gusta, porque me hace bien, porque lo percibo como la única manera de ser feliz.
La vocación nos hace pensar en trabajo. La vida en pareja también: compartir la casa, los hijos, las familias, las responsabilidades, la plata (o la falta de plata), no morir en el intento y, además, ser felices, requiere esfuerzo, garra, cuidados. La típica metáfora de la plantita que crece si la atendemos pero muere en pocos días si no la regamos se eleva a la categoría de clásico porque pinta la cuestión con total fidelidad.

Algunos días la armonía parece darse de manera espontánea, el sol brilla y todo reluce. Otros días no es tan así. El rescate viene de la mano de la mejor parte de la vocación: el amor. Que es mucho más que el enamoramiento, es el más noble de los sentimientos y el mayor de los tesoros.

En los momentos complicados conviene tomar conciencia de que ese ser humano que tenemos en frente, con sus virtudes y defectos, es el que elegimos porque nos gustó su forma y nos enamoró su esencia. Y dejarse llevar por el impulso generoso que late dentro nuestro (a veces a flor de piel, a veces escondido bajo siete llaves...).

Amar es un verbo, algo que se hace. Amar a alguien es cuidarlo, estar dispuesto a darle lo que necesita y, a veces, es saber sacrificarse por él.

Un mundo entero de mensajes que apuntan a una supuesta liberación femenina y al egocentrismo machista (dos estereotipos muy consumistas, dicho sea de paso y por ende, funcionales) atenta contra esta gran verdad.
Pero vale la pena enfrentar al mundo, domar al enano egoísta que tenemos adentro e intentar un cambio de paradigma. Y confiar en el efecto contagio.
Más allá de las dificultades, la vocación es también garantía de plenitud. O como se dice, de realización personal. Y lo sabemos: compartir la vida con un compañero libremente elegido, dar amor y ser amado, crecer juntos, formar una familia y gozar de una intimidad únicamente disponible para dos es una de las formas más misteriosas y maravillosas de la plenitud humana.
El matrimonio, como toda vocación, tiene algo de aventura. Y con un poco de imaginación, la podemos pasar muy bien.

24 de noviembre de 2008

FELIZ DE MÍ (A MODO DE ACTA FUNDACIONAL)


Loco sueño de trasnochados, anhelo profundo del alma, búsqueda interior o apenas una quimera… ¿qué es la felicidad?

Es mucho lo que se ha dicho y escrito sobre la felicidad… y no es para menos porque alcanzarla parece ser parte de nuestra esencia como personas. Pero aunque todos queremos ser felices, no existe un concepto de felicidad unívoco ni definitivo.
A lo largo de la historia del pensamiento, filósofos y pensadores de todas las culturas han ahondado en la idea de la felicidad y nos han dejado una herencia de sabiduría exquisita que, aunque más no sea de refilón, vale la pena volver a revisar.
Desde la filosofía oriental, el budismo sostiene que para lograr la felicidad el hombre ha de independizarse cuanto le sea posible de la materia. Según esta concepción el problema radicaría en el deseo que, al no poder ser eternamente saciado, nos genera dolor. Suprimiendo el deseo, se termina el dolor.

En Occidente cada escuela filosófica planteó su propio concepto de felicidad, que en líneas generales se ha reconocido como algo más mundano: desde Tales de Mileto hasta los humanistas la idea de felicidad ha estado ligada siempre a la de un estado de satisfacción ligado a la propia situación en el mundo y a la abundancia de bienes materiales y espirituales.
Platón y Aristóteles fueron los primeros en relacionar ese estado de satisfacción con la virtud y la verdad. San Agustín recomendó la vuelta al hombre interior como camino de felicidad. Lo que es, en realidad, una reformulación de aquello que sentenció su maestro Séneca: conócete a ti mismo.

¿Qué pasó después, si íbamos tan bien…?


Pareciera ser que entre los filósofos modernos más influyentes cundió el espíritu romántico que exaltaba los estados de dolor y sufrimiento por su intensidad y fecundidad creativa. A eso se sumó el auge del racionalismo y es de creer que gente como Descartes mirara con cierto desprecio la cuestión de la felicidad, a la que consideraría patrimonio de los hombres vulgares.
Y así fue que el tema quedó en manos de los librepensadores que se encargaron de montar una cultura que justificara el mercado y sus leyes.

Entonces vino la gran confusión que fue operando por reducción: la felicidad se redujo al éxito, el éxito se identificó con el placer, el placer pasó a ser bienestar y el bienestar, ni más ni menos que capacidad de consumo.
Sospechosamente light, diría Calamaro.


Pero la verdad es que, más de una vez uno ni siquiera sospecha, metido de pies a cabeza como está en la loca carrera que no se sabe muy bien a dónde conduce. O tal vez sí, desde lo intelectual se perciba que la cosa no puede ser tan lineal ni despiadada (la felicidad sólo para los que pueden pagarla) pero el mensaje se cuela por los poros y se hace carne y aunque sospechemos que algo-anda-fallando-en-el-sistema, el daño ya está hecho: nos sentimos infelices por no encajar, por no hacer, por no cumplir con lo que se supone que está estipulado cumplir.


Hasta que llega el clic.

Que tampoco es de una vez y para siempre, para qué nos vamos a engañar…

Pero pasa que a partir de determinado momento intuimos que la felicidad es un destino posible y que tiene que ver con lo que somos, con eso que llevamos profundamente arraigado en el fondo del corazón, con dejarnos fluir y florecer, con potenciar fortalezas y fortalecer debilidades…

Comprendemos de golpe, aunque siempre lo supimos, que, ante todo necesitamos dar y recibir de nuestra gente, que sólo el amor convierte en milagro el barro.

Poco a poco nos vamos dando cuenta de que la felicidad no es una lotería ni una colección de lindos momentos o un destino literario. Ni tampoco esa materia fugaz de la que están hechos los sueños, algo inasible, casi insustancial... Vamos entendiendo que la felicidad es una conquista diaria, algo que sucede aquí y ahora, no importa cuan fotogénico sea el tiempo que nos toca vivir.

A veces el clic llega en un momento difícil, en esos días en los que a nadie se le ocurriría sacarse una foto para el álbum. Y, a veces, como en mi caso, tiene que ver con la experiencia única de un encuentro personal con Dios.


Entonces empezamos a aceptar que no podemos solos. Comprendemos que la propia felicidad va insoslayablemente ligada a la felicidad de los otros, la de los que amamos y la de aquellos a quienes la historia ligó a nuestras vidas.

Y después de algún tiempo de rumiar estas cuestiones uno va entendiendo que es necesario desenterrar los talentos y hacerlos fructificar, que hay que trabajar mucho, que la felicidad nada tiene que ver con la comodidad y que el cielo es para los que se animan a construírlo acá, en la tierra.

Como parte de ese proceso de descubrimientos y confirmaciones fue que surgió la necesidad de abrir este espacio. Y luego de una larga lucha interior y de vencer perezas, miedos y prejuicios (¿el fantasma de Cohelo, tal vez?), aquí estoy.



En principio porque tengo vocación de mensajera y es tarea del mensajero dar a conocer las buenas noticias, aunque nadie se las pida.Y además porque en lo que a mí repecta, la felicidad pasa también por poner la vida en palabras.

O dicho de otra manera: sólo puedo ser plenamente feliz si lo escribo.