8 de marzo de 2013

MUJER REAL


Eran las ocho y veinticinco cuando, por fin, pudo salir de su casa. Mientras cerraba la puerta tuvo por primera vez la sensación de que algo le faltaba. Repasó mentalmente la conversación de diez minutos antes con Sandra, la niñera: la ropa para después del baño, instrucciones claras sobre horarios de almuerzo y siesta, el dinero del pago. No, con Sandra no había quedado nada pendiente, esa chica le daba tranquilidad, cuidaba a su hija casi tanto como ella misma y la beba la adoraba. 


Se miró los zapatos y las medias. Todo bien. Volvió a mirar el reloj y apuró el paso para llegar a la parada del colectivo a tiempo de tomar el de las ocho y media. Las dos cuadras le sirvieron para seguir repasando in mente la agenda del día. Dos reuniones con clientes, pasadita por la municipalidad para ver el expediente de la habilitación y algunas compras en el centro. Abrió el cierre del maletín y espió el contenido: llevaba la carpeta azul, las copias del contrato, la orden de farmacia para las vitaminas de la beba y el recibo de la tintorería para retirar el saco de Pablo. Estaba todo. Y sin embargo no podía abandonar la idea de que olvidaba algo.

Corrió y alcanzó el colectivo. Se subió haciendo malabares para no romper los tacos, ni enganchar las medias, pagar el boleto y no pegarle a nadie con el bolso. A su lado un adolescente escuchaba cumbia a todo volumen. ¿No tendría que estar en el colegio ese chico?  Una frenada abrupta del chofer puso a prueba su estabilidad. Se aferró con fuerza al pasamano. Después de todo, esto no era peor que dar vueltas buscando lugar para estacionar en pleno centro.

Al llegar a la parada alguien se encargó de tocar el timbre. Bajó con cuidado y miró otra vez la hora. Nueve menos diez, se tenía que apurar. Recorrió los  trescientos cuarenta metros  que había hasta el edificio de oficinas donde trabajaba, prácticamente volando, esquivando baldosas rotas y todo tipo de obstáculos callejeros. Un ruidito mínimo, imperceptible para oídos no entrenados, le advirtió que acababa de iniciarse una corrida en la media. Miró hacia atrás y la vio: apenas un milímetro, justo debajo del talón.

Al momento de empujar la puerta del edificio, sonó el celular. Para cuando pudo sacarlo del bolso, habían cortado. Después tendría que devolver la llamada.  Y encima, esa molesta sensación de haber dejado algo pendiente. Se sintió acalorada y cansada… y todavía el día no había empezado! Pero juntó valor, sonrió y pidió a una señora que subía al ascensor que, por favor,  la esperara. Al entrar en la caja la sorprendió encontrarse con cuatro personas más. Mientras no nos pasemos del peso, pensó y se miró en el espejo, la cara ruborizada por el apurón.
Apretó el botón del piso doce. Cuatro minutos pasaban de las nueve de la mañana. Tenía por delante un día movido. Hacía calor, especialmente para subir doce pisos encerrada en un cubículo de uno por uno en compañía de cinco desconocidos.   Fue justo en ese instante cuando, al fin, se acordó de qué era lo que le estaba faltando. El desodorante. Por salir a tiempo, había olvidado ponerse desodorante. Suspiró.

25 de noviembre de 2012

TIEMPO AL TIEMPO. Y UNA AGENDA.

No me alcanza el tiempo. Para escribir todo lo que quisiera escribir. Para leer todo lo que me gustaría leer. Para pensar todo lo que hay que pensar. Para estar con toda la gente que quisiera estar. Para hacer todas las cosas lindas que quisiera hacer. Ni siquiera para hacer todas las cosas que tendría que hacer.
El día me queda chico. Pero si se estirara un par de horas... tampoco me alcanzaría, porque me las arreglaría para sumar compromisos, anotarme en alguna movida o encarar alguna cosita nueva.
Muchos pensarán que lo mío es falta de organización. Puede ser que un poco sí. Pero créanme: la vida me ha ido acomodando los estantes.
Así y todo siempre estoy buscando la manera de exprimirle el jugo al reloj. Más aún.

De esas búsquedas y de una serie de eventos afortunados, que incluye un Santuario y una amistad de las que la vida nos regala de grandes, surgió la inspiración para hacer una agenda. 

Una agenda linda, con nuestra onda, con espacios para lo urgente y también para lo importante. ¿Qué qué es lo importante? Ser felices, obvio. Y hacer felices a los que nos rodean. Crecer como personas. Disfrutar y agradecer las buenas. Estar lo mejor preparado posible para las malas. Ser lo que queremos ser, aquello para lo que nacimos. Todo eso sin olvidarnos del cumpleaños de una amiga, del acto del colegio o del vencimiento de la tarjeta de crédito.

Y después de pensar esta agenda, proyectarla, trabajarla mucho y sufrirla un poco también, la quisimos compartir. Porque no se enciende una luz para esconderla.
Ojalá les guste.
https://www.facebook.com/2soles

27 de marzo de 2011

POR QUÉ NO CHARLAMOS UN RATITO, AH?

BALCÓN DE LOS CAPULETO EN VERONA
Un poquito a las corridas y otro poquitito a los saltos. La vida sucede a la velocidad del rayo. Niños pequeños que demandan tiempo, ganas, energía y billetera inagotables. El trabajo que siempre es mucho y más vale que así sea, sabemos que cuando falta es un problema.

- ¿Cuándo vamos a charlar un rato vos y yo...?– me pregunta.

- Qué lindo, un ratito para los dos... quiero. – le contesto.
Hablar un poco. De nosotros. O de nada concreto. Ni de los arreglos que necesita la casa, ni del cambio de pediatra, ni de las compras del super ni del vencimiento de la tarjeta. Solamente hablar de nosotros dos, contarnos cómo estamos, qué queremos... y reírnos o llorar, depende del caso.
Suena el celular y su atención se desvía hacia quien llama: escucha, responde, sugiere una reunión, le pone fecha y hora. Promete confirmación por mail..
Otra batalla más en la que lo importante (nuestro sacrosanto diálogo conyugal) cede frente al poderío de lo urgente (el resto del mundo).

Y aunque sé que no es precisamente original, no puedo menos que pensar -y escribir aquí, con el permiso de ustedes- en lo difícil que es comunicarse en la era de la comunicación.

Mientras descuelgo la ropa de la soga me viene a la memoria aquello que decía Barthes sobre la soledad del discurso amoroso. ¿O era Foucault? Hago a un costado la pila de toallas y toallones dobladitos y googleo: discurso amoroso, fragmentos. Era Barthes, nomás.
En ese libro Barthés analiza textos clásicos del amor romántico y señala que una característica fundante del discurso amoroso es la individualidad: el amante habla de su amado y para su amado, aunque lo haga más consigo mismo que con su amado. Es más lo que la pobre Julieta habla de su amor a solas con su alma, que lo que comparte efectivamente con Romeo.

Son la cuatro de la tarde. Mi amado parte hacia la oficina. Se despide con un beso y la promesa de hacer cierta esa charla con la que ya me ilusioné... ¿me mandará un mail para confimar?


Amar es un verbo y eso tiene consecuencias. En principio, implica que se trata de una acción; amar es algo que se hace, no sólo algo que se siente. Verbo que se verbaliza, cuando estamos enamorados todas las palabras importan: las que decimos, las que callamos, las que nos dicen y las que quisiéramos oír. Y ni hablar del valor que adquieren las palabras cuando amante y amado logran, por fin, ser uno solo y se aventuran por los pasillos de la convivencia, la formación de una familia y los proyectos en común... ¿Será ese el momento en que las palabras lindas y melosas han de transformarse en diálogo? ¿Puede el amor resistir al diálogo? ¿Y sin diálogo?

Hago un alto en la reflexión teórica y repaso mentalmente lo que queda de mi tarde. Todavía tengo que forrar con contact los libros de inglés de mi niña, terminar de guardar la ropa, hacer alguna compra al retirar al gordito del jardín, ordenar un poco, preparar la cena y acostarlos. Si se duermen temprano a lo mejor podemos tomarnos un cafecito los dos solos...
Resulta difícil imaginar a una pareja shekespereana acostando a los chicos después de cenar y propiciando una charla en la intimidad. Y sin embargo esa charla entra en el futuro deseable de cualquier pareja de enamorados, incluidos los mismísimos Romeo y Julieta, si hubieran sobrevivido a tantos desencuentros.

Pero, a diferencia de la chica de Verona, yo vivo en la era de la comunicación. Llamo a mi suegra para ver si se puede encargar de los chicos una de estas noches y chequeo en la página del cine si sigue vigente la promoción de los jueves, cine más cena.
Por un minuto dudo, una salida así en la semana es un lío. Hay que desplazarse por media ciudad para llevar los chicos e irlos a buscar, al otro día hay que levantarse temprano. No importa, sigo adelante y hago la reserva. Subvertir algunas rutinas es la única manera que se me ocurre de que lo importante le gane a lo urgente.
Cuando me piden el número de la tarjeta de crédito tomo conciencia de que todavía no le consulté nada a mi amado, ¡será la individualidad de la que hablaba Barthes!
Y bueno, que sea una sorpresa. Que se entere cuando lea esto en el blog.

28 de septiembre de 2010

PROHIBIDO NO CAMBIAR EN PRIMAVERA

La primavera es época de cambios. Especialmente para nosotras, las chicas, más proclives a aceptar las invitaciones de mamá natura. Lo sabido: nos cerramos sobre nosotras mismas durante el invierno, nos ataca la melancolía en días de lluvia y exultamos ánimo cuando brilla el sol. O todo lo contrario, según el caso y los gustos de cada una. Siempre, eso sí, buscando la perfecta unión con el cosmos.
Por eso a la primavera y su ímpetu revividor, no hay mujer que se le resista. A lo largo y a lo ancho de todo el hemisferio millones de mujeres vivimos el equinoccio con sed de novedades.
No se trata de una impresión. Es lo que afirman los resultados de una investigación que llevo adelante desde hace casi dos décadas y que hoy quiero compartir con ustedes.


Belleza de mujer
El dato más evidente que surge de esta investigación tiene que ver con el cuerpo. Cierto es que se trata de un tópico de preocupación femenina casi constante aunque los cuidados que le prodigamos varíen según la edad, los intereses, la contextura física, el estado civil y el dinero y tiempo disponibles para hacerlo. Sin embargo, cuando llega la primavera, a TODAS (el 100% de los casos estudiados, incluyéndome) nos aumenta la preocupación y MUCHAS (más del 70%) llevamos adelante algún tipo de medida reparatoria.
Cualquiera que asista con regularidad a un gimnasio habrá notado que en septiembre crecen exponencialmente las inscripciones femeninas. Algo similar sucede con los consultorios de nutricionistas y dermatólogos que por estos días se cansan de atender mujeres urgidas de renovación y cambio.

Ni qué hablar de las peluquerías. Sin importar las diferencias de orientación política, raza o religión es un hecho que llega septiembre y todas buscamos lo mismo: que el coiffeur o la estilista nos procuren una masa pilosa diferente a la que tenemos. Así, desde los tiempos de ñaupa, las lacias mueren por melenas a lo Daktari y las que vivimos bajo el signo de las ondas y los rulos somos capaces de entregarnos hasta al influjo de vapores venenosos con tal de tener el pelo lacio.

Pero de todas las obsesiones capilares que pululan en el mundo femenino hay una que parece distinguir a las argentinas: la locura por ser rubias. Y ya pueden adivinar, queridos lectores míos, en qué época del año tienen su bautismo de agua oxigenada la mayoría de las cabezas de nuestras compatriotas. En primavera, claro.


Hay quien asegura que estas cuestiones no son estacionales ya que se dan durante todo el año. Y es cierto. Pero en primavera se viven con más fuerza.
Otros argumentan que no es la primavera la que provoca la urgencia por un cuerpo nuevo sino la
cercanía del verano, la exposición corporal y el realismo implacable de los trajes de baño.
Pero yo me animo a sostener que, además de todo eso e, incluso, por sobre todo eso, el que opera los cambios es el bichito reformador de la primavera. Comienza así, picando por el lado de la estética corporal para luego desparramar su ponzoña a todos los ámbitos de la vida mujeril.

Y por casa...
Ejemplo notable de lo que les hablo es lo que sucede con la decoración del hogar. Apenas la primavera saca a la luz la necesidad de arreglitos varios, allá van las mujeres de la casa, provistas apenas de una pistola encoladora. Y no paran hasta dejarla irreconocible.
Las que saben empapelan un rincón del living o hacen cortinas nuevas. Quien puede, cambia los muebles. Si el espíritu que las anima es vintage reciclan un juego de jardín o hacen una mesita con el pie de una máquina de coser. Y una enorme mayoría no concibe renovación primaveral si no pinta alguna pared: por mano propia, a través de personal contratado, o de un marido bien dispuesto. O, seamos realistas, un marido cansado de escuchar el reclamo de su mujer, a quien las paredes descascaradas de la cocina no le permiten ser una-con-el-universo.

Amores de temporada
El factor sentimental tampoco puede obviarse si de necesidad de cambios se trata. Muchos noviazgos llegan a su fin en esta época del año a instancias de la mujer, especialmente entre las más jóvenes. Es que, así como el invierno propicia la actitud cariñosa y el verano enciende pasiones... la primavera da para el revoloteo. Mariposas y picaflores marcan la pauta.
En este caso hay que decir que lo que vale para las jovencitas puede ser peligroso entre las que tenemos unos años más. Sobre todo si estamos casadas o comprometidas. Es probable que un vientito de cambio sople por estas épocas pero a qué mentirles: en este punto la investigación todavía no arroja resultados esclarecedores. Hay quienes tambalean, hay quienes sobreviven muchas primaveras y hay hasta quienes salen fortalecidas de la prueba.
A falta de precisiones científicas, intuyo que todo depende de la profundidad del vínculo.


Dejo para el final, la puntilla. Mejor dicho: las puntillas, los volados, el sube y baja de ruedos y la corrida de cierres y botones. Si el bolsillo lo permite la primavera es el momento para visitar a la modista o tomar por asalto cuanta venta medianamente formal de indumentaria femenina se nos cruce en el camino. Y si no, sencillamente para dar vuelta el placard y rescatar prendas del olvido.
Variaciones más o menos económicas de esa pasión ancestral que las revistas llaman “renovación del guardarropas”. En este sentido la primavera es a la industria textil lo que las fiestas de fin de año a la fabricación de pirotecnia.
.....


Colmada de energía hago un alto en la escritura y corro hasta el almacén. En el camino pienso en las provisiones que necesito para la cena y me entusiasmo con los cambios que tengo por delante: el mantel de la cocina, la cama que quiero convertir en sillón para ver la tele. Y, por qué no, la posibilidad de renunciar finalmente a mi castaño virgen de toda la vida para hacerme unas mechitas doradas.
Con una euforia que calculo contagiosa, tomo lo que necesito y le pregunto a la almacenera cuánto es. Ella me mira como con saña y emite algo a medio camino entre el suspiro y el bostezo de una foca. Ese sonido me hiela la sangre, presiento que algo malo se avecina.
Y sí, apenas puede la señora pronuncia las palabras que no quiero oír, las que tirarán por tierra mi investigación de todos estos años.
- ¿Sabés qué pasa, nena? A mí, la primavera me cansa. No tengo ganas de nada.



By Paz
 

23 de agosto de 2010

ES LO QUE HAY

Parejita jovencísima, ambos de menos de veinte años. Ella es diminuta, tiene cuerpito de nena y pelo hasta la cintura. Él es un típico adolescente desgarbado, flequilludo y muy flaco. Desde que subieron al colectivo ella no disimula su fastidio; él la mira con gesto casi bovino.

- No podés viajar en esto, está repleto de gente, te morís de frío esperándolo ...
- Y, qué querés, es lo que hay...
- Decile a tu papá que te compre una moto, si él tiene plata. Mi prima se compró una y le dieron como cincuenta cuotas.
- Pero en la moto también te morís de frío.
- Si la comprás ahora te la dan para cuando empieza el calor, después la vendés y con lo que juntás en la temporada, la cambiás por un auto...
- Y, no sé, qué sé yo...
- Es lo que hay, qué sé yo,... no podés estar siempre así, como resignado...

Delicias de la vida urbana, a una le toca ser testigo involuntaria de peleas, discusiones, romances apasionados, encuentros casuales, espectáculos gratos y otros no tanto. No hay reality show como la calle.
Me bajé antes que ellos pero no pude evitar quedarme pensando. De alguna manera me sentía interpelada por el discurso de aquella chica. Así, mientras recorría las cinco cuadras que me separaban de mi destino me planteaba: utilizar el transporte público ¿me convierte en una “resignada”? ¿Por qué nunca en la vida se me ocurrió comprarme una moto? ¿Por qué ahora, que ya se me ocurrió, tampoco la quiero?

Y ya en terreno más especulativo: acomodarse a “lo que hay” ¿será siempre señal de conformismo? ¿Manipular la escasez es siempre administrar miseria?

Quizás porque en mi historia hay pinceles reciclados con pelo de mi hermano, capitas de lluvia hechas con bolsas (de las grandes) del Supercoop y un Fiat 600 que alguna vez anduvo a fuerza de dulce de membrillo es que me resisto a creer que sea así. Por el contrario, pienso que improvisar con lo que hay a mano puede ser una manera sabia de adaptarse a las circunstancias. Y hasta una gambeta piola al mandato consumista.

El anhelo de más es intrínseco a la naturaleza humana. Y la publicidad lo explota hasta la desmesura. Sin embargo el exceso de afán progresista (del que, en su justa medida, no reniego) nos lleva a perder de vista la riqueza de los recursos disponibles.
Y no se trata sólo de consumo, sino de una manera de encarar la vida.
Una amiga mía, que combina la aptitud para la venta directa con la habilidad para la cocina fácil y rica, solía adaptar recetas tradicionales a los ingredientes que tenía en la heladera usando una regla de oro: si no hay, no lleva.
Claro que eso puede significar desafiar el canon y además de sentido práctico hace falta apertura, mirada atenta y un ideario ecológico. A las famosas “tres R” de reciclar, reducir, reusar yo le agregaría la r de repentizar, es decir, hacer lo mejor posible con lo que hay.


Sería interesante hacer la prueba y dejarse invadir por el espíritu de MacGyver, capaz de abrir puertas blindadas con un chicle y una invisible para el pelo.
En el mejor de los casos quizás podamos reconciliarnos con nuestras propias limitaciones. Aunque yo me conformaría con que se note en el próximo resumen de la tarjeta de crédito.

Mafalda  09 - Quino


17 de julio de 2010

Sole Rebaudi: lejos del puerto seguro

La obra de Sole Rebaudi habla de una artista con gusto por los desafíos: desde el empleo de soportes no convencionales, la mezcla de técnicas, los materiales reciclados y el juego con las texturas hasta su austero uso del color. La suya es la lógica del expedicionario que, lanzado a explorar lo desconocido, aprovecha al máximo cada recurso disponible y prescinde del equipaje superfluo.

 Los cuadros de esta artista insinúan  cierta épica aventurera: con cada trazo Sole se aleja más de las aguas seguras y se interna en las profundidades del espacio cotidiano. Allí instalada recorre lugares, se detiene con inocultable placer en el paisaje marino (no casualmente vive y trabaja en Mar del Plata), descubre cuerpos, pinta rostros que se antojan conocidos y resignifica pequeñas realidades familiares: la mesa, la ciudad, el ángel. Vida en abundancia.

Pero, más allá de lo experimental, más allá de las temáticas, el principal riesgo que corre la obra de Sole es el de animarse, esto es: dejarse habitar por su propia alma. Esa es la luz que emerge de cada plano dando a las imágenes la posibilidad de manifestarse vitales, cambiantes, plenas de espíritu.
 
En un mundo que suele limitar lo visual a lo visible, Sole se atreve a desafiar el límite de lo evidente.

Y eso es algo para celebrar.

18 de junio de 2010

CORAZÓN ALBICELESTE

Son los de la Virgen. Son nuestros. Y son de todos.
Desde siempre me transmiten belleza y calidez, me hacen sentir cuidada y orgullosa de ser quien soy, de estar donde estoy, de vivir este aquí y este ahora.

Es un lugar común que circula por ahí que los argentinos sólo nos embanderamos para los mundiales. Creo que quizás nos estaban faltando más ocasiones para llevar con alegría nuestros colores

Por eso quiero agradecer a los organizadores de los festejos del Bicentenario por vestir con ellos los pueblos y ciudades. A los comercios que llenaron de celeste y blanco sus vidrieras. A la gente que no le tuvo miedo al chauvinismo y ostenta (todavía) la escarapela de mayo en su solapa. A quienes fueron por más y colgaron la bandera en la ventana. O en la luneta trasera del auto.

Y por qué no a esta posibilidad de vivir el ser argentino desde la tribuna mundialista. Por eso, gracias también a Maradona que, a pesar de todas sus limitaciones, me regaló de manera gratuita algunas patrióticas y futboleras alegrías. A Maradona y a todos los deportistas que lucen y transpiran la bendita camiseta nacional.

A Paz que el día de la Bandera les prometió fidelidad.
Y a Octavio, que fue elegido para escoltarla en el acto del jardín, representando a la salita de tres.

A los soldados de Malvinas que los defendieron con la vida.
A Manuel Belgrano, por el legado.

Por el celeste y el blanco, a todos, muchas gracias.


22 de abril de 2010

ESTA TARDE VÍ LLOVER

Al curso 30.

Lluvia en la ciudad, lluvia de marzo: bendición, frescura, olor a tierra mojada... Al fin un poco de agua después de tanta sequía. Qué bueno, esto es lo que necesitaba el campo. Y mis plantas, que hace rato que no las riego.



Optimismo ecológico, una forma de ver las cosas. Celebremos, pienso y me dejo tentar por un paraguas rojo frutilla.


Lluvia en la ciudad: incomodidad total, inundación de calles y veredas, barro en los zapatos, papeles empapados y cabelleras como erizos. Al ritmo de los chaparrones esquivo pozos-trampa y añoro el trabajo de oficina.


Pero me dura poco. Es nomás un ataque de pesimismo urbano, otra manera de ver lo mismo. Se irá con los primeros soles... (Aunque para acortar camino, decido reconfortarme con algo glamoroso: un impermeable negro, largo hasta los pies).

 

Abril deshoja arboledas y las veredas se pueblan con parvas de hojas secas que intento, en vano, disciplinar a escobazos. Nubes espesas de color gris humo anuncian más lluvias. Y mucho frío.

A medio camino entre el optimismo y la queja le hago frente al otoño que se vino descarnado. Armas no me faltan: escudo rojo sangre y una brillante armadura negra.

¿Cómo capitalizar el aguacero? La opción por el consumo ya no resulta viable (y, sin embargo, qué bien vendrían unas buenas botas de lluvia para chapotear en los charquitos...) Lo del agua para el campo, las vaquitas y las flores de las macetas ya está, ya no me alcanza como recompensa. Será que el frío entumece mi veta ecologista.

Camino por la mitad de la vereda evitando el vendaval que arrecia desde los techos. Algunos desagües parecen jacuzzis poderosos. Sigo buscando opciones para aprovechar la lluvia: juntar agua para lavarme el pelo (muy Ingalls ¿no?), propiciar una siesta romántica (poco factible), comer tortas fritas (prohibidísimo).

Brainstorming, lluvia de ideas. Pero yo llevo paraguas, las ideas ni me tocan. Se me ocurre que podría tararear algo y bailar al estilo de Fred Astaire. Y al instante mi ánimo se desploma abrumado por tanta falta de creatividad.

La conclusión llega, obvia, previsible, al límite de lo soportable: a mí la lluvia tampoco me inspira.


Como la canción ¿recuerdan?

Aunque... paren las rotativas. Veo luz al final del túnel.

Si Antonio Birabent pudo trocar la falta de inspiración en el hit más popular de su carrera bien puedo yo intentar imitarlo y dejar que me empapen las musas.

Llego a casa, me envuelvo el pelo con una toalla y prendo la compu. Tecleo algo, lo borro, otra vez y de nuevo a borrar.

Bueno, empapar, lo que se dice empapar quizás haya sido pedir demasiado. Las musas apenas si me salpican, pero alcanza para volver a mi rincón de obsesiones cotidianas después de cinco meses de ausencia.

Casi tan bueno como un par nuevo de botas para lluvia.



Y a ustedes, ¿qué les pasa con la lluvia?


Para contarme
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24 de noviembre de 2009

PRIMER ANIVERSARIO DEL BLOG


La Feliz cumple un añito de vida. Sí, señores. Un año ya, pero mirá vos, si parece que fue ayer, cómo crecen los chicos, en cualquier momento te cae con novio, etcétera, etcétera. Créase o no… mi blog, y yo como blogger, cumplimos un año. Cumpleaños virtual pero cumpleaños al fin y hay que celebrarlo.


¿Fiesta o viaje? se cuestiona la quinceañera indecisa. ¿Celebración o fiesta? me pregunto yo, más propensa a la disquisición filosófica que a la cosa práctica. ¿Comemos o no comemos? preguntan mis hijos y mi marido, plato y tenedor en mano.


Pero, momentito, paren el mundo por un rato, que la ocasión amerita el debate sobre esta y otras cuestiones aparentemente menores. Y les digo por qué: porque entre la celebración y la fiesta se da una relación equivalente a la del fondo con la forma. ¿No les dije? Filosofía pura.

La celebración alude a cierta predisposición “álmica”, como decía Macedonio Fernández y la fiesta viene a ser la expresión de ese espíritu. Todo irá bien mientras ambas estén en equilibrio y si no, bueno, ya se sabe: comienzan algunos de los eternos conflictos que sobrevienen cuando fondo y forma se desarmonizan.



La vida es una fiesta



Por estos tiempos es muy popular la fiesta loca y casi todo el mundo aspira a tirar la casa por la ventana hasta en ocasión del cumplemes del pececito del nene. La sana y loable aspiración de agasajar a los seres queridos convidándolos con lo mejor de la propia cosecha ha sido reemplazada por cierta obsesión por la bacanal, incluso entre los espíritus sencillos. Y con tal de que no falte caemos en la desmesura de comer hasta el hartazgo, beber hasta la inconciencia y gastar hasta el último centavo.
De unos años a esta parte todos los cumpleaños son como fiestas de quince, las fiestas de quince parecen casamientos y los casamientos emulan la entrega de los Oscars, con alfombra roja, números en vivo y hasta maestro de ceremonias.
Fiel a su propósito, la mercadotecnia del fiestononón instaló una variedad inabarcable de productos y rituales destinados a traicionar el espíritu celebratorio: desde el papel picado hasta la ceremonia de las quince velas, pasando por los videos con exteriores, los globos inflados con helio, el glitter, la torta con cintitas (en las últimas décadas desplazada por algo aún peor: los copones con cintitas), el revival de los miriñaques, las fotos con efecto y el insufrible “Meneaíto”.



¿Bailamos?



Como fideos sin queso, como amor sin besos, como mañanas sin sol… así son las fiestas sin baile. Porque bailar es una de las formas más hermosas de expresar el amor y la alegría.


Y aunque no hace falta ser Julio Bocca para disfrutar de una noche de ritmo, están quienes mueven sus cuerpos con cierto respeto por las leyes de la dinámica y los otros, seres a quienes quizás les falte alguna conexión entre el oído y la musculatura.


Mi marido, por ejemplo, pertenece a la estirpe de los pataduras. No hay manera de hacerlo quebrar la cintura. Embebido de clima festivo (y de algunas otras cosas) puede llegar a jugarse con movidas audaces como sumarse a un trencito, enrollarme en su brazo para hacerme girar, o ser el férreo sostén de un túnel que atravesarán, divertidísimos, la cumpleañera y su padrino. En la cumbre de la fiesta puede llegar incluso a proponerme que vayamos juntos a aprender a bailar tango. Pero, invariablemente, lo olvidará al día siguiente.
Lo más triste es que, con los años, me he ido acomodando a sus movimientos y poco a poco compruebo que los míos son cada vez más pobres. Que una no sería Thalía pero bailando se defendía, y ahora…
En la vereda opuesta están los aparatosos, aquellos que aman ser el centro de la ronda y no dudan en sumarse a la danza de los recién casados para un original vals en trío. Su momento de gloria suele darse al ritmo de la música disco de los setenta (se descamisan a lo John Travolta), la lambada y los acordes de “¿Qué tendrá el petiso?”.
Justamente en una fiesta yo pensaba el otro día, qué bueno sería ser presidenta de Sadaic y extraviar disimuladamente y sin posibilidad de retorno el archivo con los discos de reggaeton editados en el país y, por las dudas, en toda América. O mejor aún, llegar a la presidencia de la Nación para firmar el más delicioso de los decretos: el que prohíba la circulación, difusión y propagación de cualquier material discográfico conocido o por conocer, escrito, editado y/o interpretado por Ricardo Arjona y, por supuesto, su ingreso al país.
En fin, soñar no cuesta nada.

Seguiría hasta  agotarlos con esta reflexión tan fiestera pero, con dolor en el alma, debo dejarla aquí; es que tengo una cita impostergable con la party planner.
Muchas gracias a todos por acompañarme en este primer año, los invito a sumarse a la encuesta. Levanten las copas, chin chin y que siga el baile.





17 de noviembre de 2009

HERMANO SOL

Arriba el Sol, aquí la vida, una canción
y un poco de satisfacción
Miguel Mateos


El Sol está ahí, aunque no lo veamos. Una estrella silenciosa de más de cinco mil millones de años, que a modo de gran computadora cósmica emite su magnetismo y controla las órbitas de nueve planetas y miles de cuerpos celestes.
El Sol interviene en las glaciaciones, regula la presión atmosférica de la Tierra, la cual a su vez determina la meteorología y hasta los terremotos. Es una central nuclear de fusión en la que el hidrógeno se convierte en helio. Su temperatura es mayor que la de una bomba atómica: unos 6000 grados en la superficie y 15 millones en el núcleo.
Y, por todo eso, vivir sin él sería imposible.

Verás la luz

Hace poco más de un mes mi marido escuchó en la radio la invitación a una charla que, sobre los poderes curativos del sol, se hacía en los salones de una librería muy importante de Mar del Plata. Qué razones lo impulsaron a pasar por la librería y reservar dos entradas es un misterio que aún no consigo dilucidar. Pero allá fuimos.
El salón estaba repleto. Al frente, el orador, un hombre de unos setenta años y su traductora. Supe al verlo que aquel hombre era hindú: piel tostada, mirada inteligente, sonrisa serena y un inglés no very british que de entrada me cayó simpático.
Debo confesar que al principio tuve mis reparos y el temor de haber caído en un antro new age en el que querrían ofrecernos la vía de escape a la hecatombe anunciada por los mayas para 2012 (todo a la venta en prácticos frasquitos, pagaderos con Visa).

Sin embargo, el discurso de Hira Ratan Manek (efectivamente, nacido en Bodhavad, India, en 1937) destila sentido común y su propuesta es de una sencillez apabullante: la cura a los males del hombre posmoderno, dice, pasa por poner sus ojos en lo alto. Literal y figuradamente hablando.


La técnica de Sun Gazing que Hira Ratan Manek practica, recomienda y difunde puede explicarse en muy pocas líneas: consiste en mirar el Sol en un horario seguro (hasta una hora después de su salida y desde una hora antes de su puesta), el primer día diez segundos, veinte segundos al siguiente, treinta el tercero y así sucesivamente. No es una práctica que tenga que realizarse durante toda la vida. Sólo se realiza como máximo durante un período de 270 días (hasta llegar a un tope de 45 minutos), consecutivos o no.


Así como los vegetales se alimentan de sol y minerales a partir del proceso de fotosíntesis, Manek sostiene que a través del Sun Gazing los hombres podemos cargarnos de la más potente de las energías de la naturaleza obteniendo “salud perfecta para mente, cuerpo y espíritu”.


Los beneficios posibles no son nada desdeñables: “se experimenta un incremento de la memoria y de la inteligencia. El proceso de envejecimiento se hace más lento, disminuyen el apetito y el cansancio, se aligera el metabolismo y el cuerpo se predispone a la meditación y a la oración”.
“Después de los primeros tres meses, las personas notarán cambios en su salud psíquica, a los seis meses se evidenciarán las mejoras físicas” sostiene Manek y agrega: “a esa altura todas las células del cuerpo empiezan a almacenar energía del Sol. Se convierten en células fotovoltaicas; son como un panel solar”. Finalmente, transcurridos nueve meses, se obtendría también la salud espiritual.

A lo largo de la charla Hira Ratan Manek hizo hincapié en tres aspectos, a mi juicio, fundamentales: en primer lugar el Sun Gazing no es un rito de tipo religioso sino una terapia apta para personas de todos los credos e, incluso, para incrédulos. Segundo, él no se presenta a sí mismo como un gurú a quien seguir sino, simplemente, como quien difunde la técnica. Y en tercer lugar: la práctica de Sun Gazing es absolutamente gratuita y no requiere de libros, pirámides, sahumerios, CDs ni aceites esenciales.

Salir al Sol

Durante siglos la humanidad ha profesado su admiración por el astro rey, fuente generosa de luz y calor, dos elementos claves para la vida de todas las épocas.
No fueron pocas las culturas que vieron en el Sol la máxima expresión de la deidad: egipcios, mayas, incas. Los griegos lo veneraron a través de la figura de Apolo. El saludo al Sol que se practica en Yoga es una antiquísima costumbre india que originariamente se realizaba al amanecer, es decir, en el mismo horario de “sol seguro" que propone Manek para su Sun Gazing. Y el propio Jesús se definió a sí mismo diciendo “yo soy la Luz del mundo”.
Ya en el siglo veinte, y durante décadas, los médicos prescribieron baños de sol como terapia para numerosas dolencias. Ha sido en los últimos años, a partir del agujero en la capa de ozono y la amenaza del cáncer de piel, que nos hemos vuelto muy aprehensivos respecto del Sol. Sin embargo, no son pocos los científicos que sospechan que quizás habría que revisar algunas cuestiones sobre los efectos benéficos de la luz solar y el peligro de una reclusión abusiva.(1)
Hira Ratan Manek lleva tiempo difundiendo su técnica y miles de personas en el mundo ya practican el Sun Gazing y aseguran haber mejorado su calidad de vida. Muchas de ellas hacen caso omiso de sus advertencias y van más allá: viven el Sun Gazing como un culto y veneran al hindú como a un líder religioso. Pero esta es una cuestión que, intuyo, tiene que ver con el síndrome de orfandad espiritual, tan común en nuestros días.


Sin caer en exageraciones, creo que puede ser válido tomar algunos aspectos de esta propuesta. No se trata de ver en el Sol a un ser digno de adoración pero sí quizás volver a mirarlo como lo que realmente es: parte fundamental de una Creación maravillosa que Dios puso a nuestra disposición para que nos sirvamos de ella. En este sentido creo que vale la pena el esfuerzo por armonizar con la naturaleza como una manera de cultivar la vida.


Además, con el verano tocando la puerta ¿por qué no intentarlo? Al menos en honor de aquello que decían las abuelas: “donde entra el Sol, no entra el médico.”

Para más información sobre la técnica de Sun Gazing
http://www.hrmargentina.com.ar/


(1) El más citado por HMR es el inglés Richard Hobday, doctor en ingeniería quien dicta conferencias sobre el tema en universidades y foros científicos de Europa en los que advierte sobre las posibiliddes de aprovechamiento de la luz solar. Hobday es el autor de The Healing Sun (El sol que cura: luz solar y salud en el siglo XXI).


20 de junio de 2009

MATERNIDAD, DIVINO TESORO



Todo nos llevaría a pensar que la maternidad es un asunto serio. Yo misma estaría en condiciones de asegurarlo si no fuera porque por momentos me parece que la maternidad se me ríe en la cara. O mejor dicho: se me burla abiertamente.
No quiero ser malinterpretada. De todos los dones maravillosos con los que Dios me ha regalado en la vida, mis hijos son el más maravilloso. Ser mamá es una bendición y la crianza de mis niños, una fuente de plenitud y realización personal.
Sólo que a veces, de tan maravillosa, la experiencia apabulla y la vida cotiadiana se torna… ¿cómo decirlo? Surrealista.
Y no me digan que no les pasa porque no les creo.

La que soy, aquella que (no) fui.

Detrás de las dulces caritas de mis chichipíos me parece ver a veces la de esa persona que alguna vez, allá por la adolescencia, creí que podría llegar a ser: profesional brillante de aspecto impecable, arregladísima pero sin exagerar, no es cuestión de caer en la trampa del exceso de look. Una chica informada, crítica, políticamente comprometida, católica militante, lectora infatigable, atenta a las últimas novedades, siempre dispuesta a ser parte de la causa social del día y el evento cultural de la noche…

Hay que decirlo: de pequeña yo solía ser bastante fantasiosa. Y un poco ilusa.

Hoy por hoy mis días se organizan alrededor de dos pares de ojos verdes (unos definitivamente verdes, los otros matizados de gris y con un toque de miel) que me miran con anhelo expectante siempre a la espera de más y desde su escasa altura de pigmeos me obligan a pasar agachada gran parte de mi tiempo.
La columna bien, gracias.

Así, yo, que en las épocas de estudiante buscaba escandalizar a mi profesora de periodismo eligiendo como tema de investigación la construcción de un baño público en la plaza San Martín (y otros igualmente al borde del absurdo escatológico) hoy clamo a la providencia me libere de todo lo relativo a pis, caca, mocos y esas delicias que constituyen el pan mío de cada día. Es que ¡nos costó horrores dejar los pañales!


Pero esa no es la única contradicción a la que me empujó la maternidad. Mi espíritu ambientalista, acérrimo defensor de la causa ecológica se doblega ante la presencia de piojos, especie a la que sólo puedo desearle la extinción pronta, absoluta y, en lo posible, sangrienta. Lo más terrible es que no me quedo en la intención: llevo años adquiriendo todo champú, loción o brebaje que me prometa la exterminación definitiva de piojos y liendres (y ni siquiera me detiene el hecho de que las liendres… ¡son bebés!)

La maternidad modificó sin piedad mis consumos culturales: de Kieslovsky a Pixar, el viaje de ida no tuvo escalas. Dejé de ser la lectora infatigable para convertirme en una lectora fatigada de leer una y mil veces el mismo cuento (recuerdo, no sin espanto, uno acerca de una pata que quería ser bailarina). La sobreviviente que llevo adentro me llevó a investigar en el mundo de la literatura infantil. Así, al menos, aprendí a filtrar y de a poco fui seleccionando libros que no me diera fiaca leer. Debo decir que con el tiempo encontré historias muy divertidas y algunos autores que valió la pena leer, aunque haga rato que cumplí los ocho años.

Inmersa en el ajetreo propio de mi vida de mamá de niños pequeños, veo desdibujarse también mi posibilidad de participación en la cosa pública. Mientras hago malabares para cumplir con los horarios de entrada y salida del colegio, los actos, las entregas de boletines, las reuniones de padres del jardín, los cumpleaños… apenas si me parezco al zoon politikón de Aristóteles.

La inminencia de las elecciones no hace más que acrecentar mi angustia en este sentido y no sólo por la ausencia de candidatos fiables. Por estos días una multitud de folletos de cuanta agrupación partidaria existe puebla mi vereda y mi buzón. De rostro inexpugnable, señoras candidatas apenas unos años mayores que yo posan para la foto, bien vestidas y sabiamente maquilladas (algunas hasta con signos de reciente refrescada). Las veo así, tan serenas y sonrientes y no puedo dejar de preguntarme: ¿tienen chicos?, si es así, ¿cómo hacen? Y sobre todo, ¿cómo piensan hacer si resultan elegidas?

Mientras intento dilucidar estas cuestiones reflexionando sobre las aristas menos exploradas del cupo femenino, vuelvo a lo mío, acomodo prolijamente las boletas que nunca introduciré en la urna y las apilo para confeccionar un hermoso bloc borrador, ideal para que dibujen mis bebés.

Gracias a Dios, en casa, hay fiesta para rato.

6 de abril de 2009

SEMANA SANTA 2009

UNA CRUZ SENCILLA


Hazme una cruz sencilla,
carpintero
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos
y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno que distraiga este gesto:
este equilibrio humano de los dos mandamientos...
sencilla, sencilla...
hazme una cruz sencilla, carpintero.


León Felipe Caminos